Northern Story #6· Luís Portabales, MAKER

SALIR CON EL TIRACHINAS

Fotografía: Mónica Bedmar

No deja de lloviznar desde el día anterior. Aparcamos el coche y nos adentramos por el centro de Pontevedra. Andamos a paso ligero buscando cornisas para protegernos de la lluvia y finalmente llegamos a la calle San Román. Entramos en la pequeña tienda de Luís, Carballo e Estrela.


Después de las presentaciones pertinentes, pasamos un rato probándonos gorros, hablando de material de montaña y curioseando entre los estantes que Luís mantiene perfectamente ordenados.


Luís está muy contento de recibirnos, sonríe de forma amable y habla con calma. La próxima parada será el pequeño taller que tiene en casa, así que, por si acaso, pone unas capas de lluvia en una bolsa y después de cuatro indicaciones vamos para allá.


En el piso donde viven Luis y su familia, hay un pequeño cuarto alargado que le sirve de taller. Dos bancos de trabajo, una mesa de dibujo y otra para el ordenador. Al fondo una ventana des de la que se entrevé el mar tras unas naves de la industria pesquera. Y en las paredes, tablones que componen un collage de herramientas colgadas con cuidado, y baldas que almacenan tirachinas, casitas de pájaro, tarros llenos de pinceles, piedras y trozos de madera recolectados en la costa.


En uno de los bancos de trabajo, Luís tiene listo un taco de madera de fresno en bruto. Nos cuenta que el fresno es una madera muy agradecida para trabajar, es blanda, pero suficientemente fuerte. Se utiliza mucho para mangos de herramientas, bates de béisbol o muebles.


Mientras nos aposentamos en el espacio y Mònica saca su cámara, Joan, que va repasando con la mirada todas las piezas que reposan en los estantes, le pregunta a Luís cual es el origen de todo. Luís sonríe tímidamente y saca de una librería un libro rojo con letras doradas: El Libro Peligroso para los chicos.


“Cuando era pequeño solía salir al bosque, trepaba por los árboles con los amigos, jugábamos con palos…. Y cuando me topé con este libro, creo que me despertó un deseo de recuperar esta manera de jugar con mis hijos. La primera casita de pájaros que hice, la hice con un cúter y una grapadora, y poco a poco, he ido consiguiendo las herramientas que necesitaba”.

Miro las paredes llenas de herramientas preciosas, y encuentro en las palabras de Luís esa manera de explicar de forma humilde, sin dar mucho bombo a lo que hace, pero sin poder esconder su pasión.

Dani empieza con el proceso de cepillado, se trata de un paso sencillo para preparar la madera, “para darle un lavado de cara”, dice Luís. Y mientras, nos cuenta que él antes era profesor de Bellas Artes, pero se quedó en el paro, “y para ocupar mi mente, empecé a probar a hacer cosas con madera. Buscaba en internet información sobre artesanos, sobre ésta forma nueva de hacer las cosas, y me adentré en el mundo de los makers, así que empecé a conocer marcas referentes para toda esta gente… ese fue el motivo por el que también empecé con la tienda”, y es así como nos damos cuenta de que la pasión por la madera, el bosque y la naturaleza, van estrechamente ligados a su buen criterio para elegir productos en su pequeña tienda de Pontevedra.


Los chicos marcan en la tabla de fresno, con una plantilla de cartulina azul, la forma del tirachinas. Ahora toca enchufar la caladora para tallar la pieza. Gafas de protección, y Dani empieza a llenar el suelo de serrín. Luís comenta que la caladora es una máquina a la que él le tiene mucho respeto, y le indica a Joan la mejor manera de cogerla. Joan, que se pelea con las curvas del tirachinas, va soplando sobre la línea de lápiz para apartar el polvo de la marca.

Con la ayuda de un taladro, hacen los agujeros que servirán para la goma, e incorporando una lija a ese mismo taladro, redondean los cantos. Se trata de pasos sencillos, pero hay que ser meticuloso y no nos podemos saltar ningún paso. Dani, concentrado, va volteando los tres extremos del tirachinas. La lija suena muy fuerte, así que nos mantenemos en silencio. Mònica se acerca y aleja buscando el mejor ángulo. Mientras, Luís va metiendo en un estuche de lona las herramientas que nos vamos a llevar al pazo…


Parece que la lluvia nos da una tregua, así que hemos decidido, ya que para los próximos pasos no se necesita toma de electricidad, continuar al aire libre. El sitio elegido es el Pazo de Lourizán, una finca histórica muy cercana a Pontevedra que actualmente alberga un Centro de Investigación Forestal. Entre risas y anécdotas, nos tomamos un café que nos ha preparado Luís y ya estamos listos para salir a la calle. Todo está mojado, pero parece que el sol hace un pequeño esfuerzo.

Llegamos al Pazo y nos quedamos tremendamente impresionados con la magnitud de su terreno y la belleza de los edificios que hay en él. Nos adentramos por los jardines de inspiración romántica que envuelven el palacio principal. Luís conoce perfectamente todos los rincones de este lugar. Recorremos senderos de impresionantes castaños y nos cuenta anécdotas de cuando era un chaval y se colaba en la finca con sus compañeros. “Para mí esto es como un jardín… tener la posibilidad de acceder al Pazo es una gozada”.


Encontramos un claro junto a un estanque. Hay una mesa de madera y es allí donde nos instalamos. Anclamos los tirachinas a la mesa con la ayuda de un sargento. Ahora toca pulir las aristas con el bastrén. Hay que encontrar el ángulo correcto para que la herramienta sea eficaz. “¿Hay que apurar mucho?” pregunta Joan mientras se toma un respiro. “Yo soy de pulir” dice Luís esbozando una sonrisa, y esta frase, que esconde meticulosidad y perfeccionismo, me parece que le describe bastante bien.

Ahora le toca el turno a una navaja de hoja curva, una navaja de huerta y jardín. Con ella se puede llegar bien a la zona más cerrada del tirachinas. “Como rebanando mantequilla” indica Luís. Los chicos van trabajando mientras bromean y van preguntando cosas… En una de esas Luís, que va indicando los pasos que los chicos deben dar con una mezcla de prudencia y timidez, suelta un “en realidad no me siento legitimado para dar lecciones a nadie sobre esto. Empecé a hacerlo probando y buscando la mejor forma para hacerlo, pero es mi forma e igual hay otra manera mejor…” Yo no sé si habrá otra manera mejor, pero los tirachinas están quedando perfectos.


Silencio, solo se escucha el frotar de las navajas. Esta parte requiere de bastante esfuerzo físico. De vez en cuando el ritmo de las navajas se rompe con algún soplido. Mónica está al otro lado del estanque, captando la escena de esa forma que la caracteriza, con discreción. El suelo, lleno de hojas mojadas, se va llenando de virutas también.

Empieza a llover. Las capas que Luís metió en la bolsa, ahora nos son de gran ayuda. Aguantamos un rato, medio protegidos por los altos árboles, pero la lluvia aprieta mucho y tenemos que correr a resguardarnos en una cueva que hay un poco más arriba. Estamos calados, pero este pequeño paréntesis de espera dentro de la cueva nos hace sentir como niños en una excursión.


Parece que llueve menos, así que volvemos al claro donde estábamos. Luís envuelve papel de lija en un taco de madera y lo grapa, toca seguir con el proceso de pulido. Y mientras la concentración sigue, un rayo de sol consigue desgarrar el cielo nublado de Galicia y la escena se vuelve mágica.

Llovizna de nuevo y decidimos acercarnos al coche. Por el camino, descubrimos que “carballo” significa roble en gallego, una palabra bonita que da nombre a la tienda de Luís. Nos resguardamos bajo la cornisa de la casa principal del Pazo, pero el trabajo sigue. Joan y Dani dan los últimos acabados a la madera charlando relajadamente. Luís habla con el guarda un rato, se le nota que está en su entorno.


Llega el momento de colocar la goma. Se trata de una goma gruesa, muy elástica pero muy dura, vacía por dentro, como un tubo. Cortan dos trozos de goma, y con unas tijeras quitan la mitad de los extremos para poder pasarla por el agujero de la madera. Siguiendo las instrucciones de Luís, anudan los extremos con fuerza. Ahora toca añadir el trozo de cuero, sujeto a la goma, que aguantará la munición a la hora del disparo. Luís saca de su bolsa una bobina de hilo encerado rojo y dos rectángulos de cuero. Dando varias vueltas de hilo, les muestra como anudarlo con fuerza y después quema el nudo, el hilo se derrite, las pasadas quedan compactas consiguiendo que ya no puedan deshacerse “es como un ritual, termino siempre con este nudo que después quemo”.


De nuevo se instala el silencio, los chicos están concentrados al anudar, se respira la emoción de estar llegando al final del proceso.


Y toca probar los tirachinas. Con fuerza y destreza Dani y Joan lanzan bellotas, castañas y piedras al otro lado de una verja. Parecen niños, quizás estos niños a los que se refería Luís, los que trepan a los árboles, cazan lagartijas y tiran piedras al otro lado del río, quizás a la forma de ser niño que Luís tenía en mente cuando empezó “con todo esto”.