Northern Story #4· Caterina Pérez, BAGS

LA MOCHILA DEL NORTE

Fotografía: Mónica Bedmar
Ilustración: Carla Cascales

Teníamos que conocernos. Con Caterina Pérez no sólo nos unen muchas casualidades y amigos comunes; además no hay ni una sola persona en la tierra con su talento para hacer lo que hace y con su paciencia para explicarlo. De otra forma nunca hubiéramos hecho la mochila de Norte.


Unas semanas antes Caterina nos avisó: “tendríamos que vernos para que hagamos algunas pruebas. Puede ser un poco complicado”.

 


El taller

Nos vemos en el taller de la casa de Caterina Pérez, en Sant Cugat. El espacio habla de ella: cintas ordenadas, hilos clasificados, telas recogidas y dos grandes entradas de luz. Orden, claridad de ideas.

Hacemos un plan de trabajo basado sobre todo en que estemos muy concentrados y escuchemos; y comentamos nuestras dudas sobre lo que puede pasar cuando tratemos de hacer la mochila. Caterina ejerce de entrenadora, enseñando y motivando.
Selecciona un par de telas y nos dice que haremos una bolsa pequeña para practicar. Nos da un par de instrucciones y nos vamos conociendo.



“Creo que fui el primer caso de alguien que había estudiado para ser actriz en el Institut del Teatre y quiso pasarse a escenografía... Pasado un tiempo empecé a estudiar en la Escola de la Dona. Allí aprendí el oficio, y luego me especialicé en bolsos, mochilas y carteras“.


Seguimos hablando en un ambiente agradable. Contrasta la conversación relajada con la tensión que siento en mis manos tratando de dirigir la tela. Sorprendentemente para mí, al cabo de un rato hemos terminado y tenemos la pieza acabada.


Después de esta primera toma de contacto quedamos para el día siguiente, todo listo para aprender a hacer una mochila.



La mañana

Un poco antes de la hora llegamos a casa de Caterina, que ya está con Mónica Bedmar que hará las fotos. Desayunamos algo y planificamos el día, aunque no hay mucho de que hablar porque las dos saben perfectamente lo que hay que hacer. Y además se conocen entre ellas y se nota la complicidad.
Se está bien en casa de Caterina. Afuera empieza a llover, y hablando tengo la sensación de que nos conocemos de hace tiempo cuando en realidad apenas nos hemos visto un par de veces con cada una de ellas.

 

Subimos al taller, la lluvia rebota contra el cristal de la claraboya. Dani y yo tomamos posiciones. Caterina extiende un enorme rollo de tela. Utilizamos el patrón como base y con una pequeña pieza de jabón dibujamos el contorno para cortar la tela. Sacamos la parte frontal y el dorso de la mochila, y repetimos la acción con la tela que hará de relleno. Hacemos lo mismo con el patrón de las asas y con el de la parte inferior de la mochila.


Hablamos del tacto de las telas. Nos gusta que sean tan resistentes y agradables al mismo tiempo. Caterina nos habla de la importancia que le da a la materia prima: “me fijo mucho en la fibra: en su tacto, pero también en cómo está tejida y cómo se comporta cuando estoy construyendo. La fibra es mi materia prima, y las características de cómo está tejida son básicas”.


Inmediatamente después nos sitúa delante de las máquinas. Se trata de unir las partes de tela interior y exterior, cosiendo a 1 centímetro del borde. Mantener el pulso, dirigir la tela para que no se vaya. Preparar la aguja, enhebrar, y atacar. “Atacar para empezar y atacar para acabar, no lo olvidéis”. Muchas cosas y algunos nervios, aunque su calma nos tranquiliza.

Mientras, Mónica flota descalza tomando fotos alrededor de Caterina y sus dos aplicados alumnos. No es la primera vez que hace de maestra, se nota que tiene experiencia impartiendo clases y talleres.


Nos concentramos para no perder la dirección de la tela. Silencio total.


Poco a poco nos vamos familiarizando con el pedal de la máquina, y la resistencia de la tela para dirigirla. A veces se me va la tela, y Caterina me ayuda a descoser y volver a empezar. El nivel de exigencia es alto, la mochila tiene que salir bien.

Vamos acelerando el ritmo del pedal, y empezamos a relajarnos. Sensación de control.
La primera vez que nos vimos me pareció que Caterina era una persona tímida; puede que sea así pero le gusta hablar, y lo hace con mucha pasión.
“Me gusta la parte del proceso en la que consigo todo lo que necesito para hacer las piezas. Y por eso me gusta conocer a los proveedores, hablar con quien me proporciona los tejidos para que me entienda y sepa exactamente qué busco; necesito poder visitar las fábricas en las que se tejen los materiales que utilizo…”

Habla y hace, o se interrumpe para corregirnos y animarnos. Cortamos una nueva franja de tela: el bolsillo para la parte frontal. Con el jaboncillo marcamos las separaciones que le haremos: unas más pequeñas para lápices, alguna más grande para otras cosas.


Esta parte es bastante agradecida: cosemos las separaciones del bolsillo y la unimos a la parte frontal de la mochila. Después juntamos las asas con el interior de la parte frontal. Empieza a coger forma.
El esqueleto de una mochila.

Se acerca la hora de comer.


Caterina baja a la cocina y nos quedamos solos en el taller. De repente pasa algo con la máquina y estamos bastante rato tratando de arreglarlo. Al final terminamos de coser lo que faltaba y la máquina parece que revive. Abajo, sorpresa, ha llegado mi hermano que es amigo de Caterina y se quedará a comer con nosotros.


Mientras comemos me doy cuenta de lo cansado que estoy. La sopa, el pan y la fruta nos vuelven a cargar de energía.

La tarde
Sale el sol y volvemos al taller. Algo de música y retomamos posiciones.


De todas las piezas de la mochila nos falta la parte inferior. Y es la parte más complicada porque la hemos hecho circular. Antes de coserla unimos las dos piezas de tela, interior y exterior, con agujas. Esto nos ayudará a no perder la dirección y a que no se muevan. Caterina nos ayuda, esta parte es complicada ya que sobra o falta tela si no lo haces bien.
Y coser no es más fácil porque se van formando pliegues que hay que evitar dirigiendo bien la tela. Cuando el pliegue es menor lo puedes pasar por encima, pero me encuentro con un pliegue en forma de montaña y una vez más tengo que descoser.


Después de las dificultades, ya lo tenemos: todas las piezas de interior y exterior unidas; ahora vamos a juntarlas para tener la estructura hecha.


Primero las partes frontal y dorsal. Caterina insiste en que ataquemos para reforzar bien los acabados de la mochila. Atacamos mucho.


Se acaba la jornada y la luz entra con fuerza por las ventanas del taller.


La estructura está casi lista a falta de los remaches. Pero es tarde y lo dejamos para el día siguiente. Agotados y emocionados.


El día siguiente
Tenemos muchas ganas de empezar.
Cuando llegamos reanudamos el trabajo rápidamente. Cortamos tiras de cuero para el cierre de la mochila y preparamos la remachadora para aplicar las fornituras a la tela. Caterina sufre por la tela porque antes de cada remache se hace un agujero en la tela: “el agujero es irreversible”. Es un momento delicado pero nos sentimos cómodos con los remaches y vemos que estamos a punto de terminar.


Y terminamos: las mochilas están listas.
Sólo un detalle más: cosemos una etiqueta de tela, la marcamos y la numeramos. Las dos primeras mochilas Norte de la colección.

Ahora
Han pasado unos días y se mezclan recuerdos.
De la precisión y constancia, del trabajo físico y mental frenético, con la armonía tranquila de Caterina, que no pierde la paciencia con nosotros y se mantiene serena a pesar de nuestras crisis durante el proceso.

Durante un par de jornadas aprendimos algo acerca de cómo usar las herramientas para hacer una mochila. La parte técnica previa, la preparación del patrón que hizo Caterina, requiere una serie de conocimientos técnicos realmente complejos. Pero lo que aprendimos durante esos días nos motiva a seguir aprendiendo.
Y los recuerdos son más intensos cuando vemos la mochila. La mochila de Norte.