Northern Story #7 ยท Juan Prado, APICULTOR

LA COLMENA

Texto y fotografía: Mónica R. Goya

Estamos de camino a la casa de Juan Prado, un enamorado de las abejas que tras jubilarse regresó a vivir a su pueblo, a los pies del embalse de Tanes, en el entorno privilegiado del parque natural de Redes, en Asturias.


La casa de Juan, que tiene alrededor un buen aprovisionamiento de leña para el invierno, está muy cerca del Museo de la Apicultura, en el mismo concejo de Caso. Allí hacemos la primera parada para que Juan nos explique los fundamentos básicos de la apicultura. El museo, que solo abre a través de cita previa (985 60 80 97), es una buena fuente de inspiración para cualquiera que esté pensando en meterse en el mundo de las abejas.


Juan, con una sonrisa, abre con una llave la puerta principal del edificio del museo, una casona rústica asturiana, y nos comenta que su pasión por la apicultura se la debe a su cuñado, que hace casi dos décadas le regaló un libro para intentar animarle a meterse en el mundillo de las abejas y según él afirma, “la afición no ha dejado de crecer, desde ese día hasta hoy”.


El Museo y el apicultor
El museo es el primer contacto que tenemos con las abejas. En el piso de arriba hay una colmena de la que solo nos separa un fino cristal. El zumbido de las abejas se oye ya desde la escalera. Juan quiere que veamos esta colmena para explicarnos la organización de las abejas. Reinas, obreras y zánganos son los habitantes de las colmenas. Es un privilegio verlas trabajar tan de cerca sabiendo que no hay ninguna opción de que nos ataquen. Juan saca una abeja obrera y la provoca para que le clave el aguijón. Él nos enseña cómo quitárselo rápido del dedo para que le llegue el menor veneno posible.



“Son gajes del oficio, a mí ya casi no me duele”.

La abeja que le clavó el aguijón se dirigía hacia la colmena y llevaba polen en las cestillas que tiene a cada lado de su abdomen para transportarlo. Nos explica que la función de las abejas obreras, hembras infértiles, va variando según su edad y sabemos que son obreras porque son los miembros más pequeños de la colmena. Las reinas son las abejas más grandes y las únicas hembras fértiles. Aunque pueden convivir varias en una misma colmena, en cuanto una es fecundada mata a las demás, así que por lo general solo hay una en cada colmena. Es difícil poder verlas porque no suelen abandonar su hogar.


De repente Juan nos señala para el suelo y vemos cómo varias abejas están atacando a otra. Enseguida nos aclara que la atacada es en realidad un zángano. Nosotros lo vemos porque el zángano es mucho más grande que el resto de abejas que le están atacando. Cuando los zánganos ya no trabajan, las abejas –tan cruel como suena- los matan.


Las colmenas con vistas
Salimos del museo por la misma puerta que entramos y nos vamos a casa de Juan, a recoger los trajes de apicultor para subir a la parte alta del pueblo, donde tiene sus colmenas.



“Yo cuando estoy aquí me olvido de comer, me olvido de que pasa el tiempo”.


No nos extraña. La vista es impresionante y se respira una paz increíble, a pesar del rumor de las abejas trabajando, o quizás por eso. Nos colocamos los trajes, caretas incluidas, y nos acercamos a las colmenas.

De pronto Juan avista un enjambre que está en la rama de un árbol, fuera de la colmena. “Esto no pasa todos los días” –nos advierte – “habéis tenido mucha suerte”. Y así es, vamos a ver el proceso de cazar un enjambre en directo. Las abejas están agrupadas en la rama de un árbol que está a dos o tres metros de las colmenas de Juan. Mientras nosotros nos familiarizamos con los trajes de apicultores, Juan ya vuelve del coche con una caja de madera en la mano. ¿Para qué es?, le pregunto. Él me dice que es una caja que él mismo construyó para “atrapar” enjambres. Coloca una sábana blanca en el suelo –se cree que este color tranquiliza a las abejas-, debajo del árbol en cuya rama están las abejas. Pone la caja en medio de la sábana y se pone a mover la rama con fuerza. Como él pronosticó, gran parte de las abejas caen en la sábana y empiezan a entrar en su caja. Nos acercamos, Juan busca a la reina para marcarla y que luego le resulte más fácil localizarla cuando ya estén todas en la colmena. No la encontramos. Vuelve a sacudir la rama. Caen más abejas, pero la reina no está. Nos dice que nos fijemos en el zumbido, ya que cuando las abejas saben que la reina está a salvo ya no vuelan nerviosas y el zumbido es mucho más suave y menos agresivo. Tras un buen rato preguntándonos dónde estaría la reina vemos que hay un pequeño grupo de abejas, del tamaño de una pelota de tenis, en unas hierbas bajas cerca de la sábana blanca. Juan les echa una sonrisa y nos dice “ahí está la reina”. Entonces coge sus pinzas amarillas, que se asemejan un poco a una pinza para el pelo, y mete allí a la reina con otro par de abejas. Alfonso y yo podemos ver que la reina es mucho más grande que las demás. Mientras tanto, en la caja construida por Juan están ya acabando de entrar todas las abejas. Cuando acaban de entrar y la reina ya está marcada, Juan la deja entrar en la colmena. Que esté la reina dentro garantiza que las abejas permanecerán en la colmena.

Abejas y miel
Para pasar el enjambre a la colmena que será el nuevo hogar de estas abejas, colocamos la caja con las abejas al lado de la colmena y ellas solas van entrando, con toda naturalidad. Una vez tenemos el enjambre asentado en la colmena, Juan nos explica que idealmente habría que mirar a la cría a los 20 o 25 días para asegurarse de que todo está bien.


Las colmenas modernas están formadas por la cámara de cría, y luego, a principios de la primavera, se pone otra caja encima, que es el alza, y que es lo que las abejas consideran que va a ser su despensa. En esta zona de Asturias en la que nos encontramos la miel suele ser de brezos y castaños. Juan, ahumador en mano, nos saca un cuadro de una de sus colmenas para que veamos cómo las abejas van rellenándolo de miel poco a poco.

Los tiempos de las abejas están muy marcados por las estaciones y lo que la naturaleza les ofrece. Normalmente el proceso es que las crías, ya convertidas en obreras, salen de la colmena a buscar polen y néctar en mayo y junio, cuando la primavera está en plena ebullición. Vuelven a la colmena con el néctar o polen y tras un tiempo en su buche, sacándolo al exterior brevemente para eliminar parte del agua, meten en las celdillas las gotas que tienen un grado de humedad óptimo.


Cuando llenan la celda con las gotitas ya convertidas en miel la tapan con cera para que ésta se conserve. Juan nos explica que la extracción de la miel se hace cuando al menos el 75% de los panales están operculados, que quiere decir que la miel está madura. Es ahí cuando las abejas ceden protagonismo en el trabajo al apicultor, normalmente hacia el menguante de septiembre. Lo primero que hay que hacer es “desopercular”, que básicamente, según nos comenta Juan, es retirar la tapa de las celdas, el opérculo, para permitir a la miel que salga. Esto se puede hacer con unos cuchillos especialmente indicados para desopercular, que retiran la capa de cera sin dañar la miel del interior de las celdas.

Los extractores están recomendados para todos aquellos que tengan colmenas modernas. Se trata de unas máquinas de forma cilíndrica que actúan como coladores finos para extraer la miel de los cuadros. Después de este paso la miel se pasaría al madurador, otra máquina en la que estaría entre seis y ocho días. Tras este proceso solo quedaría envasar la miel. Juan nos dice con una sonrisa de satisfacción que como está operculada, la miel no caduca.


Los tres bajamos de vuelta al pueblo, a Tanes, en el jeep de Juan, que nos comenta su preocupación por la situación actual de las abejas, que están muriendo en grandes cantidades. Alfonso y yo nos despedimos de Juan agradecidos por todo lo que nos ha enseñado en solo una tarde y por contagiarnos un pedacito de esa pasión que siente por la apicultura.